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Mayo 3, 2019
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Práctica Integral de la Medicina Clínica

En la evolución de la medicina clínica uno de los errores más graves que se ha cometido y que persiste, es la fragmentación (mejor atomización) del ejercicio de la medicina clínica (aunque es redundante decirlo, aquella que se ejerce con y para el paciente porque clínica viene de clinos=cama en remembranza de las camas hospitalarias).

Quizás la medicina clínica por antonomasia surgió en Francia y otros países europeos, donde acudían los pacientes a los hospitales con grandes salas de camas y allí los atendían médicos cuya misión era integral porque se encargaban de tomar la historia clínica completa del paciente y de examinarlo de la cabeza a los pies.

Luego, esos médicos de “cabecera” (se sentaban en sillas acomodadas cerca de la cabeza del paciente) rodeados de los jóvenes aprendices. Esos médicos generales (más tarde apellidados internistas) ordenaban los exámenes complementarios y cuando los habían recibido y revisado, procedían a invitar (“referir”) a los especialistas (cirujanos, ortopedistas, neurólogos, oftalmólogos, dermatólogos, ginecólogos, urólogos etc) para que les dieran su opinión u orientación y en caso necesario realizaran un procedimiento diagnóstico o terapéutico.

Al finalizar el proceso, el “internista de cabecera” integraba para beneficio y educación del paciente, la síntesis o resumen de todo lo actuado y lo daba de alta para seguimiento primero en el hogar y luego en la consulta externa general o ambulatorio.

En nuestro país se adoptó ese sistema que podemos recordar en fotografías de hace más de 100 años de La Hortúa o de San José y de maestros internistas completos como Alfonso Uribe Uribe, Rafael Carrizoza Argáez, José María Lombana Barreneche o más tarde Roberto de Zubiría, Juan Consuegra, Guillermo Fisher, Carlos Trujillo Gutiérrez, Pablo Elías Gutiérrez y muchos otros.

Y si nos remontamos a Norteamérica, de Canadá llegó a Johns Hopkins William Osler, el prototipo del internista integral, que luego fuese Profesor de la Universidad de Oxford, Gran Bretaña y Lord inglés.

Algunas instituciones estadounidenses, como la Clínica de los hermanos Mayo, estableció a fines del Siglo XIX, principios del Siglo XX, la “práctica de grupo”, nada diferente de la medicina clínica integral de los hospitales franceses, alemanes y colombianos de la época.

En el modelo de clínica de práctica de grupo de la cual fue pionera la famosa Clínica Mayo, la puerta de entrada a la consulta externa o al hospital era y sigue siendo el Departamento de Medicina Interna (internistas generales con o sin una subespecialidad) que revisan el paciente de manera completa y al estilo de un buen fútbol hacen los pases estratégicos a los demás jugadores del equipo, pero al finalizar el juego, resumen de manera integral las conclusiones y el manejo del paciente.

Ese médico integral conoce la totalidad del paciente y por supuesto con la ayuda y colaboración de los otros especialistas, orienta el tratamiento de todas las dolencias del paciente a quien conoce a fondo.

La situación ha cambiado de manera radical en muchos sitios, pero hagamos énfasis en nuestro país. Cuando en general en el mundo hay unas 40 especialidades, en Colombia van por 240 y la cuenta sigue subiendo.

Pero, la peor parte, el paciente entra al sistema por cualquiera de esas 240 puertas, no a la amplia sala de la medicina clínica sino al cubículo de una sub- subespecialidad, en el cual el médico solamente evalúa aquella pequeña parte del cuerpo que escogió y quien desconoce todo lo demás del paciente.

No importa que hablemos de internista, médico general o médico de familia, lo esencial es que haya UN médico que tenga la vocación y la capacidad (fruto del estudio denodado por amor a toda la medicina), que tenga una visión integral del paciente y que pueda dirigir la orquesta y ayudar al paciente a entender el espectro de su salud y de su enfermedad.

Lo que estamos viendo hoy es un paciente errante que distribuye papeletas entre 5, 10 o 20 especialistas y termina en absoluta confusión porque lo atienden hasta 3 o 4 ortopedistas o neurólogos diferentes, amén de una miríada de especialistas sin que haya un clínico que emita un concepto global que armonice el ejercicio médico. No extraña que muchas veces haya inclusive conflictos dispersos en el tiempo y en el espacio.

Es esencial que no olvidemos al estudiante y al interno que en ese maremágnum pierden la brújula que los oriente como médicos completos.

Sin pretender ser retrógrados, es perentorio que, comenzando por los hospitales universitarios, se acabe con la atomización y dispersión de la medicina y haciendo los ajustes acordes a la era actual, retornemos a una medicina clínica integral por el bien del paciente, nuestro objetivo de ser médicos.

Jorge E. Maldonado

  • Editor Jefe Publicaciones ILADIBA.
  • Miembro de Número de la Academia  Nacional de Medicina.
  • Profesor Titular de Medicina Mayo Clinic College of Medicine (1976).
  • Profesor Visitante Universidad de París VII (1975).
  • Profesor Visitante de la Universidad de Harvard (1985-1987).
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