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Junio 6, 1995
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Riesgo de transmisión de VIH y otros virus en prisioneros

Muchos de los comportamientos que llevan a un individuo a la prisión están relacionados con un mayor riesgo de ciertas enfermedades; por ejemplo, los adictos que utilizan drogas intravenosas frecuentemente delinquen para obtener sus dosis.

Una epidemia dentro de la epidemia

En Australia, entre 37% y 66% de los prisioneros tienen antecedente de adicción. De igual forma, muchos prisioneros continúan usando drogas intravenosas dentro de la cárcel, con un riesgo adicional, cual es el intercambio indiscriminado de jeringas; por otro lado, la promiscuidad y el aumento de las relaciones homosexuales sin protección conllevan un riesgo muy elevado de contraer infecciones por VIH y virus de la hepatitis B y C.

Tres estudios recientes, publicados en el semanario inglés British Medical Journal, dan cuenta de los graves riesgos de contraer estas infecciones entre los prisioneros de algunas cárceles de Inglaterra y Australia.

En el primer informe, realizado en la prisión de Su Majestad, en Coburg, Australia, se establece que 46% de los sujetos encarcelados tienen antecedentes de uso de drogas intravenosas, 33% poseen anticuerpos contra el antígeno central (core) del virus de la hepatitis B y 39% contra el virus de la hepatitis C. La incidencia de estas dos infecciones fue de 12.6 y 18.3 por 100 personas-año respectivamente. La seroprevalencia para VIH fue relativamente baja, con un 0.47% de positividad. Los sujetos que mostraron seroconversión para hepatitis B o C tendían a ser más jóvenes y afirmaban utilizar drogas intravenosas con mayor frecuencia. El porcentaje de pacientes que habían recibido inmunización contra hepatitis B fue muy bajo, encontrando que tan solo 5% de quienes ingresaron a la penitenciaría habían sido vacunados.

En otro informe se presentan los resultados de los análisis serológicos realizados a individuos en la prisión de Glenochil, en Escocia, evaluados a raíz de un brote de hepatitis B y la seroconversión de dos individuos a VIH positivos. Entre quienes se realizó la prueba de laboratorio fue posible demostrar que 7% de ellos eran VIH positivos, al tiempo que la prevalencia de la infección entre quienes utilizaban drogas intravenosas dentro de la cárcel fue alarmantemente elevada (44%). Así mismo, fue posible establecer que la mayoría de estos individuos compartían las jeringas de aplicación de la droga y, aunque algunos informaron que utilizaban métodos de limpieza para los equipos, estos eran, de cualquier forma, inadecuados.

Un año después del brote de hepatitis B, en la misma prisión escocesa, un tercer grupo de investigadores evalúa el impacto que este brote tiene sobre la prevalencia de la infección por VIH. En este caso se analizaron muestras de saliva para demostrar la presencia de anticuerpos contra VIH. La proporción de individuos que usaban drogas intravenosas fue semejante a la encontrada en el estudio anterior (30%).

Una cuarta parte de los adictos había comenzado a usar drogas sólo después de haber ingresado a la prisión, en tanto que los restantes presentaban adicción desde antes de iniciar su condena. Para ese momento, la prevalencia de infección por VIH era de 2.4%. Solamente entre los individuos que se inyectaban dentro de la cárcel, la prevalencia del virus llegó a ser de 29%.

El análisis de los tres estudios revela un alto riesgo de enfermedades transmisibles a partir derivados sanguíneos o por contacto sexual entre prisioneros. Debe destacarse el elevado consumo de drogas ilícitas intravenosas en estos centros de reclusión que, junto con los comportamientos sexuales, son responsables de la alta probabilidad de adquirir tales infecciones.

Sin embargo, llama la atención, como lo anota un editorialista, que la evidencia de tan alto riesgo se presente sólo ahora, más de 10 años después de la aparición de la pandemia por VIH. La dificultad para realizar una adecuada investigación epidemiológica también debe ser tenida en cuenta como uno de los aspectos que inciden en la falta de control sobre estas infecciones. El alto porcentaje de rotación de prisioneros, así como la falta de autorización para realizar las pruebas son un obstáculo importante que debe ser tenido en cuenta al diseñar políticas de prevención de estas enfermedades.

Finalmente, el cumplimiento de las recomendaciones dadas a los individuos que comparten jeringas, entre las que se cuenta el lavado en agua jabonosa, o el contacto de los artefactos utilizados para la aplicación con un blanqueador casero durante por lo menos treinta segundos no está disponible para quienes cumplen una pena en prisión. ¿Cuál sería entonces la estrategia de prevención? Erradicar el consumo de drogas en este ámbito no es tarea fácil y autorizar su uso o proporcionar elementos para ello tampoco es una conducta plausible.

 Referencias:

British Medical Journal 310: 275-276 (fEbrero 4), 1995
British Medical Journal 285-288 (febrero 4), 1995
British Medical Journal 289-292 (febrero 4), 1995
British Medical Journal 293-296 (febrero 4), 1995

© EMSA    ILADIBA    JUNIO 1995

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